Crecí entre vinos. Mi abuelo regentó una próspera bodega en una pequeña localidad del norte de Extremadura, y todos acabamos con las manos manchadas de caldo púrpura. Por aquel tiempo, yo no sabía apreciar la riqueza del vino. Y no me refiero a la riqueza material, sino al alma de ese jugo. Un alma que era capaz de mantener a la familia unida entre cubas y barriles, arrobas y garrafas. Una familia mantenida por la magia de un líquido que cambiaba de color, de textura, de sabor e incluso de olor según las mezclas que hiciese mi abuelo. La bode…
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