Abraham Juárez en La conjura del harén ha conseguido que me vuelva a enamorar de la ficción histórica y, en conceto, del Antiguo Egipto. Muy sinceramente debo reconocer que me ha tenido pegado a sus páginas durante días y que no solo he conocido un periodo de la historia de Egipto apasionante sino que incluso como agente y como profesional de la industria editorial me ha enseñado mucho acerca de los argumentos que podríamos considerar de éxito. Porque escribir novela histórica es algo que no me parece sencillo. Hay una línea muy fina entre exposición y narración y ambas deben darse en el género sin que se arrastren entre sí.

Con La conjura del harén nos hayamos en el Imperio Nuevo de Egipto, en la dinastía XX, durante el reinado de Ramsés III. Es un periodo de paz, al menos al inicio de la historia, porque Ramsés deseaba devolver a su pueblo el bienestar ya conquistado por Ramsés II y perdido tras su muerte. 

En este contexto, acontece además un hecho real conocido como la conspiración del harén, de donde toma el nombre este título, y que supone el desenlace del último gran gobernador de Egipto, nuestro Ramsés III. Me ha gustado descubrir en esta amalgama de ficción y realidad que no solo está documentada tal conjura, sino que existen diferentes papiros en donde constan los nombres de los conspiradores y que, efectivamente, en 2012 se pudo confirmar este desenlace (que no voy a desvelar aquí) con una tomografía computarizada a la momia del faraón. ¡Fascinante! Pero para mayor satisfacción lectora, a todo ello se le suma el asalto a tumbas reales que durante el Tercer Periodo Intermedio se dieron para vender los tesoros robados en el mercado negro de antigüedades y que Abraham ha movido un poco de época histórica para incluir también en nuestra novela. 

Así que tenemos conjuras, faraones, asaltos de tumbas reales y hechos históricos narrados junto a una excelente ficción. Y, sin embargo, no tenemos aún casi nada de esta apasionante historia.


Abraham Juárez en La conjura del harén 

ha conseguido que me vuelva a enamorar 

de la ficción histórica.


Personalmente, creía que la novela giraría entorno a Ramsés III como eje central y cuál fue mi sorpresa al descubrir que es un humilde cananeo, Kemish, junto a sus tres hijos, los que enhebran toda la trama. Son estos, en su viaje hacia Tebas, los que accionan ese mecanismo perfecto que hace a todas las piezas caer. Porque todos caen bajo el peso de una palabra: ambición

Desde Kemish, nuestro protagonista, y narrador por momentos, se ramifica la historia de sus tres hijos que, a su vez, ramifican sus destinos (y los nuestros como lectores) con Ramsés III, Ramosé, Tiyi, Isis y Pentaur, es decir, con los hijos de Ramsés III y sus dos esposas. Hay muchos personajes más, de hecho, al inicio hay un dramatis personae, pero el círculo se cierra con estos que nombro aquí. 

El contexto y la documentación histórica es inmejorable. Abraham Juárez en La conjura del harén no solo usa el léxico propio de la época, así como el nombre original que por entonces tenían los territorios o utensilios a los que ahora también damos uso, sino que escribe ficción sobre un colchón histórico totalmente asimilado per se, controlado y más que estudiado, para que nuestra inmersión sea natural y fluida en una época que, al fin y al cabo, nos es ajena. Juárez consigue que pasear por esta historia sea fácil. 


Todos caen bajo el peso 

de una palabra: ambición


Quizás lo que menos me ha gustado son algunas transiciones dentro de la trama, como por ejemplo las que tienen que ver con las relaciones románticas. Tengo la sensación de que todas van a al grano y no hay una justificación previa de cortejo o de un flechazo creíble para el lector (que en este caso soy yo y mi opinión, al fin y al cabo, es subjetiva). También hay una parte en donde se nos presentan a Ramsés III con cierta enfermedad que no tiene mucho sentido porque no se había tratado ese tema anteriormente y, sin embargo, aparece de repente en la historia. Por último, tampoco me pareció muy creíble uno de los reencuentros entre hermanos. 

Si me tengo que quedar con una pega, sea como fuere, sería la poca intensidad que he encontrado en las relaciones románticas porque en la vida real no lo soy, pero en la vida literaria sí que me gusta ser bastante intensita y amorosa 😜


Lo que menos me ha gustado son 

algunas transiciones dentro de la trama.


Más allá de todo esto, encontrar un sentido superior a toda la historia, tanto la real, con sus maravillosos hechos históricos, esa conjura que Juárez nos va relatando sin prisa, pero sin pausa, en donde vemos cómo se mueven todos los hilos desde diferentes narradores y perspectivas, algunos más silenciosos, neutros, pasivos, y otros más directos y activos, así como la parte ficcionada, en donde, por ejemplo, le damos nombre y rostro al hijo que no ocupó finalmente el trono o conocemos a los tres fascinantes hijos de Kemish, teniendo la oportunidad de que cada uno de ellos nos cuente su propia historia, tan aventuresca como dramática, es la guinda del pastel. Más allá de la aventura, el thriller, el pasado de un exótico Egipto faraónico, hay un sentido que nos es conocido y que ya he nombrado: la ambición.

Nada de esta trama se podría haber tejido sin ambición, la de Juárez, qué duda cabe, pero tampoco nada de lo acontecido, tanto si es la realidad como la ficción, podría haber sucedido sin la mano invisible de la ambición. Y no solo es una letanía que nos acompaña durante todo el texto sino también una sensación. Así que como guinda del pastel tenemos un porqué.


No solo está documentada tal conjura, 

sino que existen diferentes papiros

 en donde constan los nombres 

de los conspiradores.


La conjura del harén de Abraham Juárez ha sido mi gran descubrimiento del año. Una novela histórica que narra el desenlace del último gran faraón de Egipto apoyado en unos hechos históricos reales conocidos como la conspiración del harén en donde las dos esposas del faraón pelearon por el trono de Egipto para sus hijos. Sin ser, además, en la novela que nos atañe, protagonistas de nada porque estos son otros, mucho más humildes, los hijos de un humilde cananeo que partió de su tierra en busca de un futuro mejor en Tebas y que encontró un destino desolador marcado por la ambición. Todo ello guiado por la pluma de un autor documentado y dotado con una calidad literaria extraordinaria. Mis felicitaciones.