Es curioso esto de cruzarse con libros y escritores. Por mi labor literaria suelo hacerme, a menudo, una radiografía rápida de lo que me voy a encontrar en un libro o en un escritor casi de manera inconsciente. Ahora estoy leyendo (ya lo he leído, en verdad, sino no podría traer este artículo) Sentimiento fluyente de Albert Alarcón Fibla y hasta el momento de abrir las páginas solo tenía como referencia la sonrisa afable de un escritor que parece sincero, honesto y real. ¿Puede alguien transmitirnos, antes de tiempo, lo que vamos a encontrar en sus textos? Quiero pensar que sí, que hay cierta mística que relaciona al escritor y a lo escrito y que por ello podemos jugar a adelantarnos en el juego de la literatura.

Albert ya parece un poeta antes de leer su poesía. Un poeta vivido. En Sentimiento fluyente hay dos partes muy bien diferenciadas: Vivir fluyendo y Sentir fluyendo. Dos cuestiones que, a mí, personalmente, se me dan bastante mal. En la primera parte habla de anhelos y recuerdos inspirados, según he leído en alguna entrevista, por el olor del azahar. No es casualidad entonces que esta flor sea la que protagoniza la portada del libro. ¿Los naranjos nos acompañan en los recuerdos a muchos humanos de este planeta o es una paranoia mía? La segunda parte tiene un tema claro: el amor perdido o maltratado.

Empiezo por el tejado, como buena kamikaze. Sentimiento fluyente guarda un dolor, en muchos de sus poemas, que da incluso reparo leer. Algunos versos confiesan un daño infligido en la persona amada que no parece que a los lectores les corresponda conocer. Pero supongo que aquí nos confesamos todos. Así que no me equivocaba en un primer momento: en Albert Alarcón Fibla hay sinceridad. Así entramos en un terreno íntimo que, como digo, por momentos nos preguntamos si tenemos derecho a explorar. Pero también hay otro tipo de dolor, el de la pérdida del «objeto» amado. Supongo que quien las da las toma. De nuevo, el lector asiste a un llanto silencioso.

Viremos pues a la primera parte, a eso de vivir fluyendo. Aquí ya no se entremezclan tantas aflicciones amorosas sino odas a familiares queridos, campos primaverales, animales de compañía y ciudades que uno lleva en el alma y que en concreto para Albert están enclavadas en su Andalucía. Solo he encontrado, en esta primera parte, un poema en el que no me hubiese gustado entrar: el del hijo no nacido. Pero no se apure el lector, es un anhelo, no una pérdida real. El autor, entregado como está a desnudarse por completo, también nos habla del deseo de poder ser padre y de no haberlo sido todavía. Pues no siempre el olor a azahar nos trae recuerdos felices, a veces también nos trae angustias. El resto de los poemas creo que son amables, como el de Amor rural. Es breve. Permitidme que os la comparta:

Rural,

amor rural,

viento de abril,

azahar surcando el tiempo. (Alarcón, 2025, p. 29).

 

Si tuviera que describir de manera general el poemario de Sentimiento fluyente de Albert Alarcón Fibla diría que es denso sentimentalmente hablando y que guarda una intensidad que no es para tibios. Tampoco para cobardes. En ocasiones, los escritores ponen en palabras verdades que no queremos leer porque, aunque son suyas, en el momento en que se comparten, comienzan a ser un poco de todos. Y atraviesan. Pero a nadie le gusta que les atraviesen las flechas.

Hice mis cábalas. Me pregunté quién era Albert Alarcón y qué habría dentro de Sentimiento fluyente. Aposté y no sé si gané. Pero creo que acerté. Alguien que no tiene miedo a expresarse, a tomar partido, a decir su verdad y a mostrarse tal y como es. En un mundo de corazones fríos en ocasiones se necesita, como en Sófocles ocurría con Antígona, un pecho ardiente. Y Albert Alarcón Fibla con su poemario Sentimiento fluyente es, sin duda, ese pecho ardiente.